Cada Mundial parece traer la misma discusión sobre Messi: que ya no es el de antes, que la edad pesa, que el equipo necesita renovarse. Y cada Mundial, Messi se encarga de responder de la única forma que sabe. En Kansas City, con más de 50 mil hinchas argentinos en las tribunas y millones siguiendo desde Argentina, el capitán volvió a demostrar que la corona no se la van a sacar fácil ni a él ni al equipo.

El partido no fue sencillo en el arranque. Scaloni había advertido que Argelia “juega como Marruecos”, anticipando un rival incómodo, y la previsión se cumplió: los africanos aprovecharon los espacios abiertos en la mitad de cancha argentina, con un Chaibi que crecía constantemente a espaldas de Rodrigo De Paul. Hubo un gol bien anulado a Messi y un golazo argelino que el VAR terminó borrando, en una primera mitad que tuvo más sustos que certezas para el equipo de Scaloni.
La apertura del marcador llegó de una sociedad que ya es clásica. De Paul, que venía complicado en el partido, encontró el pase justo para dejar a Messi mano a mano, y el capitán resolvió con su firma habitual: control, perfilada y definición certera de zurda. El segundo tiempo trajo algunos cambios (Montiel por Molina, la entrada de Nico González) que le dieron más paciencia al equipo sin alterar demasiado el funcionamiento, hasta que las bandas empezaron a abrir espacios y llegó el segundo gol argentino, una definición de pura clase que volvió a llevar la firma de Messi.
El tercero fue el que entró en los libros de historia. Con ese gol, Messi alcanzó a Miroslav Klose como máximo goleador en la historia de los Mundiales, con 16 tantos. Pero el mensaje fue más allá del registro estadístico: a esta altura del torneo, con 47 selecciones siguiendo de cerca lo que hace el campeón vigente, quedó claro que el hambre del capitán argentino sigue intacta. El show de Kansas City ya tiene ganador, y la Copa, de nuevo, mira de reojo a Buenos Aires.



