Hay un refrán popularizado en español que dice: “El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra.” ¿Nos hemos dado cuenta alguna vez que ya habíamos tropezado con la misma piedra? ¿Cometemos los mismos errores en todos los ámbitos de nuestra vida? Por lo visto el origen de este refrán está en una frase célebre de Sócrates, el filósofo ateniense, que dijo: ¿No te parece, que es una vergüenza para el hombre, que le suceda lo que a los más irracionales de los animales?
La cuestión relevante es que el hombre no es un animal. Los seres humanos poseemos una configuración psicológica, mental y espiritual que nos hace distintos a los animales. Lo prueba el simple hecho que nosotros nos preguntamos si nuestra conducta es correcta, que nos preocupamos e incluso sufrimos por los errores cometidos y que quisiéramos no volverlos a cometer.
Los seres humanos también nos caracterizamos por nuestra capacidad de aprender por propia voluntad, lo que nos permite hacerlo con eficacia y rapidez.
A veces nos paramos a estudiar el origen de los errores pasados y presentes, sin que podamos evitar volverlos a repetir y padecer sus consecuencias. Corregir los errores es difícil porque en el análisis nos quedamos en las meras consecuencias o en la causa aparente, pero no logramos desentrañar el agente causal real.
Según Logosofía todo error tiene su origen en la mente. La explicación de la causa última no se encuentra ni en las circunstancias que rodean el error o la conducta equivocada, sino que deberemos encontrarla dentro de nosotros mismos.
En la mente de cada ser humano, por tanto, en la nuestra también, hay pensamientos. Algunos los tenemos identificados y controlados, sabemos cómo detectarlos y mejorarlos, como, por ejemplo, los conocimientos de nuestra profesión. Pero, hay otros pensamientos de distinta naturaleza que no sabemos ni siquiera que están ahí, aunque interfieren, y pueden llegar a anular los conocimientos que ya tenemos.
Experiencia laboral vivida con conocimientos logosóficos
Hace años trabajé en un despacho en que, con la excusa de que “bajo presión se trabaja mejor”, todas las tareas se dejaban para el último momento y, como consecuencia, tenían que resolverse de manera atropellada para poder cumplir los plazos; a veces, ni siquiera se llegaba a tiempo.
Un día me di cuenta que ese pensamiento, que me impedía hacer las cosas a su debido tiempo, no solo menoscaba la calidad de mi trabajo, sino que también me hacía sufrir, ocupaba mucho espacio en mi mente, consumía mis energías y dañaba mi concepto.
La buena noticia es que en la mente está el problema, pero también la solución. Una vez identificado el pensamiento, observé las consecuencias negativas y recordé que esta situación se producía en otros ámbitos de mi vida, por ejemplo, cuando no voy a una revisión médica o incumplo con una obligación legal. Todo ello se convirtió en una oportunidad para examinar mis propias acciones y crear un pensamiento de decisión que luchó contra ese pensamiento que me impedía realizar las cosas a su debido tiempo.
Al poco tiempo, comprobé que ahorraba y generaba nuevas energías, que mejoraban los resultados de mi trabajo y mi relación con mis colegas.
Estimulada por los resultados, busqué estrategias para adelantar las tareas sin esperar al último día del plazo. Aprendí a hacerme amiga del tiempo en mi trabajo y en todos los ámbitos de mi vida.
Método logosófico de detección de errores
Para saber cuál es el origen del error necesitamos conocer cómo es nuestra mente, cómo funciona y qué hay dentro de ella. Hay que adiestrar la mente para la solución de problemas como estos. Los errores no pueden ser detectados y luego corregidos si solo miramos hacia fuera de nosotros mismos, sino que debemos sumergirnos y ver qué hay en nuestro mundo mental, dónde se origina el error y poner remedio ahí dentro.
Algunos pasos útiles en la experiencia
1. Identificar en nosotros cuál es el pensamiento que nos lleva a dejar las cosas para el último minuto.
Hacer eso es transformar el error en una oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos. Según la Logosofía, algunos de los pensamientos causantes de la postergación pueden ser:
- La falta de voluntad, que muchas veces surge desde la infancia por la carencia de estímulos que atrofia la capacidad de iniciativa.
- La desobediencia hacia uno mismo, que nos lleva a no saber mantener nuestros propios propósitos.
- El desorden, que crea resistencias para hacer las cosas con método y hace de nuestra vida (interna y externa) un caos.
2. Practicar la virtud que nos ayudará a neutralizar el pensamiento negativo.
En el caso de la falta de voluntad, aplicaremos la decisión; en el caso de la desobediencia, aplicaremos la obediencia inteligente; en el caso del desorden, aplicaremos el orden en los pensamientos en la vida y todo lo que depende de nosotros.
Esos pequeños cambios, llevados a la práctica diaria con método, nos ayudan a hacer una operación alquímica dentro de nosotros mismos, corrigiendo no solo el error identificado sino sentando las bases para una vida más feliz.
3. Separar al ser del pensamiento.
La Logosofía propone hacer un cambio de postura: en vez de creer que «somos» impacientes, ver la impaciencia como un pensamiento que podemos eliminar y cambiar por otro mejor.
La idea es separar al ser del pensamiento.
Eso nos permite conocernos más en profundidad, más allá de opiniones y pensamientos circunstanciales que podamos tener, para encontrar el verdadero ser interno que quiere ser mejor.
En conclusión, si el error forma parte del proceso de aprendizaje es preciso ver la vida como un campo experimental, con cada fracaso u obstáculo que superamos no sólo adquirimos un conocimiento práctico, sino que también aprendemos a conocernos a nosotros mismos.




