Mucho antes de la Plaza de San Pedro hubo un sótano, y antes del altar de la Basílica vaticana hubo una tabla de planchar.
Robert era todavía un niño cuando bajaba al sótano de la casa familiar, en Dolton, al sur de Chicago, acomodaba la tabla de planchar de su madre Mildred, extendía sobre ella un mantel y comenzaba a “celebrar misa”. No parecía tratarse simplemente de uno de esos juegos que los niños abandonan al día siguiente.
Su hermano John lo recordó muchos años después: Robert se lo tomaba en serio, sabía las oraciones y podía reproducir aquella misa infantil incluso en latín y en inglés. El Vaticano recuperó esa escena en el documental Leo from Chicago, realizado para reconstruir las raíces familiares y humanas del hombre que el 8 de mayo de 2025 se convertiría en el Papa León XIV.
Es difícil mirar hoy aquella imagen sin pensar en lo que vendría después. Pero entonces no había Papa, había simplemente Rob.
El menor de los Prevost
Robert Francis Prevost nació el 14 de septiembre de 1955 en Chicago, hijo de Louis Marius Prevost y Mildred Agnes Martínez. Fue el menor de tres hermanos, antes habían nacido Louis Martin y John Joseph.
La familia se instaló en Dolton, un suburbio ubicado al sur de Chicago. Su padre había servido en la Marina de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial y después dedicó su vida a la educación, fue docente y posteriormente director de escuelas. Su madre también estaba vinculada al mundo educativo y trabajó como bibliotecaria.
En la casa de los Prevost convivían así los libros, la escuela y una intensa vida parroquial. Louis y Mildred participaban activamente en la parroquia Saint Mary. La fe no era algo extraordinario reservado para ocasiones especiales, formaba parte de la vida cotidiana.
Y en medio de esa cotidianeidad fue creciendo Robert.
Bicicleta, amigos y una curiosa manera de hacer las paces
Uno de los recuerdos que guarda su hermano Louis parece pequeño frente a todo lo que ocurrió después, pero dice bastante sobre su personalidad.
Siendo chicos, ambos salieron en bicicleta y llegaron hasta Beaubien Woods. Allí se encontraron con un grupo de muchachos y la situación comenzó a ponerse complicada. Robert tomó la iniciativa, “déjame hablar yo con ellos”, le dijo a su hermano.
Se bajó de la bicicleta, se acercó y comenzó a conversar. La tensión terminó de una manera inesperada, aquellos chicos que podían convertirse en adversarios terminaron siendo amigos.
Décadas más tarde, Louis contó la historia a Vatican News como una muestra de algo que ya aparecía entonces en su hermano menor: la capacidad de dialogar antes que confrontar.
No hace falta convertir cada episodio de infancia en una profecía, probablemente Robert tampoco imaginaba entonces hacia dónde lo llevaría su vida. Era un chico, andaba en bicicleta, tenía hermanos, tenía amigos, y le gustaba el béisbol.
Un Papa de los White Sox
Para entender a Robert Prevost también hay que mirar hacia el sur de Chicago. Allí se hizo hincha de los Chicago White Sox, una fidelidad deportiva que conservó durante toda su vida, aun cuando su madre prefería a los Cubs. Muchos años después, en 2005, estuvo en el estadio durante el primer partido de la Serie Mundial que terminarían ganando los White Sox.
Un documental del vaticano recupera detalles aparentemente pequeños: el gusto por conducir, las reuniones con amigos, las visitas a Aurelio’s Pizza, las conversaciones que podían pasar de la teología a una película y esa forma de relacionarse que quienes lo conocieron describen como reservada, amable y cercana.
Son detalles que quizá no entren en una biografía pontificia tradicional, pero cuentan al hombre.
El estudiante que podía haber elegido otro camino
Robert hizo sus primeros estudios en Saint Mary School of the Assumption y luego cursó la secundaria en Saint Augustine Seminary High School, en Holland, Michigan. Allí no pasó inadvertido, fue redactor jefe del anuario escolar, integró el consejo estudiantil, presidió el club de biblioteca y llegó a ser presidente de su clase en el último año. También practicaba tenis y bowling. Se graduó en 1973 y después llegó la universidad.
Ingresó en Villanova University, en Pensilvania, una institución profundamente vinculada con la espiritualidad agustiniana, y eligió una carrera que, vista desde el presente, puede sorprender: matemáticas.
En 1977 obtuvo allí su título universitario en esa disciplina y también estudió Filosofía. Villanova conserva hoy con especial orgullo la historia de aquel estudiante de matemáticas que décadas después se convertiría en el primer Papa estadounidense y el primer agustino elegido pontífice.
Pero antes de eso Robert tuvo que elegir, podía haber construido otra vida. Su formación universitaria le abría caminos profesionales, sin embargo, aquella inquietud que había comenzado en casa seguía allí.
Una vocación que no lo aisló del mundo
Quienes compartieron aquellos años con Prevost recuerdan a un joven concentrado en su vocación, pero no separado de los demás. Tuvo amistades profundas, participó de actividades universitarias y se interesó por temas sociales.
Mary Donar-Reale, amiga de aquellos años, recordó que viajaban a Washington junto con otros estudiantes para participar en actividades vinculadas con la defensa de la vida y los derechos humanos. Años más tarde también cultivaría una prolongada amistad con John Snider, un pastor luterano al que conoció durante una experiencia pastoral en un hospital de Minneapolis. Podían discutir durante una cena sobre prácticas de la Iglesia Católica y, al mismo tiempo, ir juntos al cine a ver The Blues Brothers.
Esa convivencia entre convicciones profundas y capacidad de encuentro aparece repetidamente en los testimonios de quienes lo conocieron.
El día en que Robert decidió dar el paso
El 1 de septiembre de 1977, el mismo año en que terminó sus estudios universitarios, Robert ingresó al noviciado de la Provincia de Nuestra Madre del Buen Consejo de la Orden de San Agustín, en Saint Louis. Un año después profesó sus primeros votos.
Continuó sus estudios de Teología en la Catholic Theological Union de Chicago y en agosto de 1981 realizó su profesión solemne como agustino. Ya no se trataba del niño que acomodaba una tabla de planchar en el sótano, la elección estaba hecha.
En septiembre de 1981 fue enviado a Roma para estudiar Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Santo Tomás de Aquino. Y el 19 de junio de 1982, en la capilla del Colegio Santa Mónica de Roma, Robert Francis Prevost fue ordenado sacerdote. Tenía 26 años.
De “Rob” a León XIV
Después vendrían capítulos que aquel chico de Dolton difícilmente podría haber imaginado: la misión en Perú. Los años entre comunidades que marcarían profundamente su vida, la conducción de la Orden de San Agustín, el Episcopado en Chiclayo. Roma y el cardenalato.
Y finalmente aquel 8 de mayo de 2025, cuando desde el balcón central de la Basílica de San Pedro apareció vestido de blanco y el mundo escuchó por primera vez el nombre de León XIV. Fue elegido 267º sucesor de Pedro, convirtiéndose en el primer Papa nacido en Estados Unidos y también en el primer miembro de la Orden de San Agustín en llegar al pontificado.
Sin embargo, quienes lo conocieron antes continúan llamándolo de otra manera. Para sus hermanos sigue siendo Rob y para muchos de sus compañeros agustinos, Bob. Porque detrás de los nombres que pertenecen a la historia permanecen los nombres que pertenecen a los afectos. Quizás por eso conocer la infancia de León XIV permite mirar al Papa desde otro lugar.
Antes de las audiencias, las multitudes y las responsabilidades de conducir a la Iglesia universal hubo una familia, una escuela, dos hermanos mayores, bicicletas, partidos de béisbol, libros y amigos. Y hubo también una madre cuya tabla de planchar, sin imaginarlo, terminó convertida durante algunos minutos en el primer altar de un niño que sería Papa.
A veces las grandes historias no empiezan en lugares extraordinarios. A veces empiezan en casa.
Compartimos el Documental del Papa








