Por Diego Anchorena. Para La Proclama
Más de uno está pensando lo mismo, aunque no siempre lo diga en voz alta:
“Gracias a Dios se termina este 2025.”
No lo decimos por malos, sino por cansancio.
Se termina un año y volvemos a hacer el mismo gesto automático de mirar para atrás, hacer cuentas, repasar decisiones, preguntarse en qué momento se desacomodó todo. Prometernos que el que viene va a ser distinto. Que ahora sí.
Pero este diciembre llega distinto, llegamos agotados antes de empezar.
Pasó un año de elecciones, de cambios profundos a nivel político, de discursos nuevos y expectativas altas. Muchos creímos ,o quisimos creer, que un año electoral iba a reactivar un poco la economía, que se iba a mover más que el 2024 que también fue duro, Que algo iba a pasar, que el consumo iba a mejorar. Pero fue peor.
La incertidumbre paralizó el consumo. Y cuando se frena el consumo, se frenan los planes. No los planes grandes en el Excel. Los planes reales.
Comprar, invertir, animarse, cambiar, contratar, viajar, crecer un poco.
Hay una recesión en el comercio que no siempre se dice, o se dice con números que no terminan de contar la historia completa. Porque las estadísticas no siempre nos representan, y el que no vendió bien, el que se sostuvo como pudo, el que estiró pagos y ajustó todo lo ajustable, no vive en la estadística, vive la realidad, y eso da miedo.
Miedo a no llegar a fin de mes, a equivocarse o de tomar una decisión y no poder volver atrás. Y ese miedo no siempre se ve, muchas veces se disfraza de más trabajo, de más horas, de más esfuerzo.
Como si empujando más fuerte fuéramos a compensar la falta de certezas.
Todos estamos tratando de agarrarnos de algo para motivarnos. Una frase, un objetivo nuevo, un proyecto más. Algo que nos haga sentir que no estamos quietos.
Pero muchas veces no encontramos un plan. Y lo único que hacemos es cargarnos de más cosas. Más responsabilidades, más presión, más cansancio.
Por eso llegamos a enero con el calendario limpio, pero el cuerpo y la mente llenos.
Ya no alcanza con quince días de vacaciones, porque el cansancio no es solo físico, es emocional, es mental.
Es el desgaste de haber empujado todo el año sin saber bien si tenía sentido. Aunque no siempre estamos cansados de trabajar, a veces estamos cansados de empujar cosas que ya no funcionan o de sostener expectativas ajenas y de seguir por inercia.
Arranca un año nuevo y, en vez de entusiasmo, aparece la presión, presión por volver a intentar, presión por no quedarse atrás, presión por demostrar que seguimos en carrera.
Tal vez el problema no sea que nos falten ganas, tal vez el problema sea que no estamos soltando nada. Porque hacer más esfuerzo sin alivianar la carga no es resiliencia, es desgaste.
Empezar un año nuevo no debería ser una carrera, debería ser un acto de honestidad y preguntarnos qué vale la pena seguir sosteniendo y qué ya no, qué proyectos siguen vivos, y cuáles solo mantenemos por miedo.
Quizás este año no se trate de hacer más ni de exigirse más, ni de aguantar un poco más y quizás se trate de hacer un análisis con más sinceridad, y animarnos, por fin, a soltar eso que nos viene pesando hace rato.
Diego Anchorena
Empresario empírico. Especialista en marketing y negocios




