Por Leandro Della Vedova. Para La Proclama’.

Durante años, el pueblo venezolano expresó de todas las formas posibles su deseo de que Nicolás Maduro dejara el poder. En las urnas vaciadas de sentido, en las calles reprimidas, en el exilio forzado de millones y en una crisis humanitaria que desangró al país. La voluntad popular fue clara y persistente, aunque sistemáticamente ignorada por un régimen que se sostuvo mediante la fuerza y el miedo.
La detención de Maduro y de su esposa, tras una acción directa de Estados Unidos, marca un punto de quiebre histórico. Para millones de venezolanos no se trata de una discusión abstracta sobre geopolítica, sino del fin de un ciclo de opresión que parecía eterno. En ese contexto, la intervención estadounidense es vista más como una respuesta tardía a un clamor popular que como una imposición externa.
Donald Trump asumió una decisión que otros líderes evitaron durante años. No desde el consenso multilateral, sino desde una lógica de acción inmediata, alineada con su estilo político. Para muchos venezolanos, esa decisión significó algo concreto: Maduro ya no gobierna. Y ese dato, más allá de los debates jurídicos, tiene un peso simbólico enorme.
Nada de esto borra la necesidad de reconstrucción institucional, justicia y soberanía real para Venezuela. Tampoco exonera a la comunidad internacional por su pasividad prolongada frente a una dictadura que devastó un país entero. Pero sería un error analizar este hecho ignorando lo esencial: el dictador cayó porque su pueblo hace tiempo había decidido que debía caer.
Ahora comienza la etapa más difícil. La libertad no se consolida solo con la caída de un tirano, sino con la reconstrucción de un Estado al servicio de su gente. Venezuela tiene, por primera vez en muchos años, la oportunidad de intentarlo.
Mg. Leandro Della Vedova.
CEO DV Management
Especialista en Marketing Político


