Durante años, buena parte de los mensajes sobre bienestar estuvieron centrados en una idea: para ser felices hay que trabajar sobre uno mismo. Sin embargo, una amplia investigación internacional vuelve a poner sobre la mesa algo mucho más antiguo y, al mismo tiempo, profundamente humano: necesitamos de los demás.
Un estudio realizado sobre 97.220 personas de 66 países analizó más de 200 variables sociales y psicológicas y permitió identificar 56 factores especialmente vinculados con la felicidad. Los resultados muestran que el bienestar de una sociedad no puede entenderse únicamente a partir de la satisfacción individual de quienes la integran.
El entorno en el que vivimos, nuestras posibilidades de desarrollarnos, la seguridad, el funcionamiento de las instituciones y, especialmente, la calidad de nuestros vínculos también forman parte de la ecuación.
El valor de pertenecer
Los investigadores reunieron los principales factores relacionados con sociedades más felices en cinco grandes dimensiones: autonomía personal; conocimiento y libertades; satisfacción de las necesidades básicas; instituciones eficaces y seguridad; y conexión con la comunidad.
Este último aspecto adquiere especial relevancia.
Mantener relaciones sociales sólidas, sentir que pertenecemos a un grupo, poder participar y saber que contamos con otras personas aparece estrechamente asociado con mayores niveles de bienestar colectivo.
En otras palabras, la felicidad también se construye en el encuentro.
Compartir tiempo, colaborar con otros, integrarse a una institución, participar de una comunidad barrial, religiosa, cultural, deportiva o simplemente cuidar los vínculos cotidianos puede contribuir al bienestar tanto como muchas de las acciones que solemos pensar exclusivamente desde lo individual.
Más que bienestar personal
La investigación también pone en discusión una mirada muy instalada en las sociedades actuales: aquella que presenta la felicidad casi como una responsabilidad exclusivamente personal.
El bienestar no depende solamente del esfuerzo, las elecciones o los recursos de cada individuo. Las condiciones sociales, económicas y políticas pueden favorecer —o dificultar— que las personas desarrollen una vida plena.
Por eso, las conclusiones también interpelan a las instituciones y a quienes diseñan políticas públicas. Crear comunidades más seguras, fortalecer espacios de participación, garantizar condiciones básicas y generar ámbitos donde las personas puedan encontrarse y ayudarse mutuamente también significa trabajar por una sociedad más feliz.
Quizás la conclusión sea más sencilla de lo que parece: nadie construye completamente solo una vida feliz.
Los afectos, los amigos, la familia, los vecinos, los compañeros y las comunidades de las que elegimos formar parte siguen teniendo un valor difícil de reemplazar.
En una época que muchas veces impulsa el individualismo, la ciencia vuelve a recordarnos algo esencial: sentirnos parte, cuidar al otro y saber que también somos cuidados puede hacernos bien.
Fuente: La Cara Buena del Mundo / The Journal of Positive Psychology.




