Por Leandro Della Vedova. Para La Proclama.
Hay una paradoja difícil de ignorar en la relación entre Javier Milei y Donald Trump. Ambos líderes aparecen juntos en fotografías que sugieren una sintonía perfecta: mismos gestos, mismo lenguaje corporal, mismo discurso contra lo establecido. Los medios la han llamado «alianza ideológica». Pero si se examinan las políticas económicas concretas, la imagen se resquebraja.
La administración Trump practica un nacionalismo económico agresivo. Aranceles selectivos pero masivos, protección de industrias estratégicas, renegociación de acuerdos comerciales para favorecer la producción doméstica y un Estado que interviene sin complejos en sectores clave. Es una visión donde el mercado sirve a los intereses nacionales, no al revés.
El gobierno argentino, en cambio, implementa exactamente lo opuesto: apertura comercial indiscriminada, eliminación progresiva de aranceles, reducción drástica del tamaño estatal y una confianza absoluta en los mecanismos del libre mercado global. Mientras Trump construye muros comerciales, Argentina los derriba.
Curiosamente, las políticas económicas trumpistas se asemejan más a propuestas históricas de dirigentes proteccionistas locales , como las de Guillermo Moreno, con su defensa de la industria nacional y control de precios, que al propio programa que celebra la amistad con Washington.
¿Cómo se sostiene entonces la narrativa de la similitud? Aquí es donde el marketing político demuestra su poder. El gobierno argentino ha construido una identidad visual y discursiva que trasciende el contenido programático. Las visitas a Mar-a-Lago, la parafernalia mediática, el vocabulario compartido de «libertad» y «lucha contra la casta» crean una atmósfera de alianza que no requiere coincidencia técnica.
Es un fenómeno de la posverdad política: la percepción gestionada puede operar con autonomía respecto de los datos objetivos. La foto vale como evidencia. El abrazo sustituye al tratado. Durante el tiempo que la narrativa domina la agenda, la inconsistencia pasa desapercibida.
El mérito está en la ejecución comunicacional, no en la coherencia doctrinaria. Y eso, en sí mismo, es un hallazgo sobre cómo funciona la política contemporánea: cada vez más espectáculo de señales, cada vez menos debate de contenidos.
La pregunta que queda es cuánto puede extenderse esta separación entre imagen y realidad antes de que los hechos —los números del comercio exterior, el destino de las industrias locales— reclamen su lugar en el relato público.
Mg. Leandro Della Vedova
CEO DV management
Especialista en Marketing Político




