En el Día Mundial de la Educación Ambiental, que se conmemora cada 26 de enero, la biotecnóloga y magíster en Gestión Ambiental Rocío Dip Mareduelo dialogó con La Proclama y advirtió que la crisis socioambiental actual “no es un hecho aislado ni repentino, sino el resultado de un modelo de desarrollo que durante siglos pensó el progreso humano al margen de los límites del planeta”.
“Durante mucho tiempo se avanzó con la idea de que la naturaleza era infinita y que el crecimiento económico podía sostenerse sin consecuencias. Hoy vemos con claridad los efectos de ese paradigma: pérdida de biodiversidad, degradación ambiental, crisis climática y profundas desigualdades sociales”, sostuvo la especialista.
Dip Mareduelo explicó que el modo de organización social dominante colocó al ser humano en el centro, relegando a la naturaleza al rol de recurso. “Olvidamos que somos parte de ella. Producimos y consumimos a un ritmo superior a la capacidad de regeneración de la Tierra: la humanidad utiliza hoy más de un planeta y medio para sostener su estilo de vida, y si todos viviéramos como los países de mayores ingresos, necesitaríamos varios planetas más. Pero solo tenemos uno”, remarcó.
En ese contexto, recordó que las advertencias no son nuevas. “Desde hace más de cincuenta años la comunidad internacional viene alertando sobre esta situación. La Declaración de Estocolmo de 1972 fue un punto de inflexión al reconocer que el desarrollo humano y la protección ambiental son procesos indivisibles. Allí se sentaron las bases de la educación ambiental como herramienta transformadora”.
“La educación ambiental no es un complemento: es condición para la ciudadanía”, afirmó, al retomar el Principio 19 de Estocolmo. “No alcanza con el conocimiento técnico ni con los datos científicos. Se necesitan conductas responsables, decisiones informadas y participación colectiva. Hace falta una educación que nos vuelva a enseñar a mirar el mundo y a vincularnos con nuestra casa común”.
Consultada sobre por qué, aun con información disponible, los cambios se postergan, Dip Mareduelo fue contundente: “La crisis climática no es una amenaza futura, es una realidad presente. Se manifiesta en inseguridad alimentaria, eventos climáticos extremos y migraciones forzadas. Detrás de cada estadística hay personas reales que ven cómo el territorio que habitan deja de ofrecerles oportunidades”.
Para la especialista, uno de los desafíos centrales es superar una mirada fragmentada del ambiente. “Hablar hoy de educación ambiental implica mucho más que transmitir contenidos. Significa conectar ambiente, salud, justicia social y territorio; preguntarnos de dónde vienen los alimentos que consumimos, en qué condiciones se producen y quiénes quedan invisibilizados en esos procesos”.
En esa línea, citó el mensaje de Papa Francisco en la encíclica Laudato Si’: “La gravedad de la crisis ecológica exige cambios profundos en nuestros hábitos y en nuestra forma de vivir. No se trata solo de políticas públicas —aunque son indispensables—, sino de un compromiso cotidiano, individual y colectivo”.
Finalmente, Dip destacó el rol de las comunidades y de las acciones cotidianas. “En cada territorio hay personas que sostienen la vida, cuidan y construyen redes solidarias. Es ahí donde la educación ambiental cobra sentido: cuando se transforma en acción y fortalece la participación ciudadana. El futuro no está escrito; se construye con cada decisión que tomamos”.
“Como dijo Malala Yousafzai, un niño, un docente, un libro y un bolígrafo pueden cambiar el mundo. La educación sigue siendo la herramienta más poderosa que tenemos. Y lo que hagamos hoy, realmente importa”, concluyó.


