La amabilidad no se considera simplemente un rasgo innato, sino una habilidad que se puede aprender. Los neurocientíficos ahora saben que la empatía transforma el cerebro. Practicarla fortalece la corteza prefrontal medial, el área responsable de la perspectiva y la regulación emocional. Los niños, en el verdadero sentido de la palabra, “conectan” sus cerebros para comprender y responder a los demás.
Casi el 60% del trabajo escolar en Dinamarca se realiza en grupos. Con el paso de los años, la colaboración deja de ser una actividad aislada para convertirse en instinto. Y cuando la competencia no es lo principal, los niños ven a sus compañeros como aliados, no como amenazas.
Los resultados son mensurables:
Sólo el 6.3% de los estudiantes daneses sufren acoso escolar regular, uno de los porcentajes más bajos de Europa.
Estudios a largo plazo muestran que los niños que aprenden empatía desde una edad temprana tienen más probabilidades de graduarse, encontrar trabajo a tiempo completo y tener mejores relaciones en la vida adulta.
Los padres pueden comenzar esto en casa:
No digas simplemente «Sé amable», pregunta, sino «¿Cómo crees que se sintió él/ella?»
Da ejemplo de empatía en tus relaciones, porque los niños imitan más lo que ven que lo que les dicen.
En Dinamarca, los niños no crecen para ser los mejores en una habitación, crecen para hacer que la habitación sea la mejor.




