Por Rocío Maderuelo. Para La Proclama’.

Hay muertes que dejan al descubierto las fracturas de toda una sociedad… Cada vez que una persona decide quitarse la vida, el impacto alcanza a toda una comunidad, la cual, conmocionada, comienza a interpelarse con mil preguntas que -muchas veces- no logran encontrar respuestas: ¿qué pasó?, ¿podría haberse evitado?
Luego, lentamente, como si fuese el curso natural de la existencia misma, el silencio y la urgente rutina vuelve a ocupar el lugar de la reflexión. Hasta que un nuevo caso nos obliga, otra vez, a mirar una realidad que nunca dejó de existir… y el bucle de interrogantes comienza de nuevo.
Una vez más, la salud mental volvió a instalarse en la agenda pública. En esta oportunidad, la amplia repercusión de los hechos protagonizados por Jaiden Adams y Rob Dieperink durante la Copa del Mundo reavivó un debate que trasciende el ámbito deportivo.
Celebro que podamos hablar de ello, que las redes sociales se inunden de una problemática que nos pide a gritos debatirla con honestidad y compromiso; porque durante demasiado tiempo, el suicidio y las problemáticas de salud mental, fueron rodeadas de estigmas, silencios y temores. Sin embargo, hablar no alcanza; necesitamos observar el problema en toda su dimensión.
Desde mi rol como docente e investigadora en el ámbito de la salud, he tenido la oportunidad de abordar aspectos de la salud mental desde una perspectiva biopsicosocial, sustentada en el enfoque de los determinantes de la salud. Los resultados no dejaron de mostrar patrones similares a los descritos en la literatura científica de referencia. Pero, paradójicamente, el hallazgo más importante no estuvo en las cifras ni en las similitudes, sino en los vacíos, en lo que no se registra, “en lo que no se mira”.
Recientemente tuve la oportunidad de acompañar académicamente un estudio sobre casos de suicidios consumados, en los últimos años, en Tucumán. En una proporción significativa de los sucesos bajo análisis, los registros disponibles carecían de información esencial, como estudios toxicológicos completos, antecedentes psiquiátricos, intentos previos de suicidio y otras variables fundamentales para comprender integralmente esta problemática. No significa necesariamente que esos factores no hubieran existido; significa, más bien, que el sistema no logró registrarlos. Y cuando un sistema no registra, tampoco aprende; como tampoco aprende una comunidad que no logra mirar más allá de la muerte o la decisión de una persona de acabar con su vida.
Cada muerte debería interpelarnos profundamente como comunidad. Cuando estos devastadores episodios acontecen, se presenta ante nosotros una oportunidad para comprender mejor el fenómeno y fortalecer las estrategias de prevención.
Sin embargo, cada institución sostiene una parte de la historia y pocas veces logramos reunir todas esas piezas.
Ninguna estadística alcanza para describir el vacío que deja una vida interrumpida. Detrás de cada número hay un hijo, una madre, un compañero de trabajo, un amigo, un proyecto que no llegó a realizarse. Recordarlo es también una forma de humanizar el debate.
Quizás uno de los mayores desafíos sea abandonar la idea de que la salud mental y el suicidio constituyen problemáticas exclusivas del campo de la psiquiatría. Esa mirada, aunque indispensable, resulta insuficiente, porque ambas expresan una de las manifestaciones más complejas de la vulnerabilidad humana. En ellas convergen factores biológicos, psicológicos, familiares, sociales, económicos, culturales e incluso ambientales, que interactúan de manera dinámica y condicionan la salud de las personas y las comunidades.
Una persona no pierde el deseo de vivir de un día para otro. Muchas veces atraviesa procesos prolongados de sufrimiento, aislamiento, incertidumbre y pérdida de sentido que se desarrollan en un contexto determinado. Por eso resulta imprescindible incorporar una visión más amplia, donde la prevención deja de ser una responsabilidad exclusiva del sistema sanitario para convertirse en una construcción colectiva; y es aquí donde aparece, quizás, una de las preguntas más importantes que debemos hacernos ¿Estamos construyendo comunidades donde vivir siga siendo una posibilidad para todos?
Disponemos de instituciones comprometidas y de profesionales altamente capacitados. Lo que aún nos falta es una arquitectura de trabajo común. La verdadera fortaleza del sistema surgirá cuando compartamos protocolos, información y objetivos comunes, transformando esfuerzos dispersos en una respuesta coordinada y eficaz.
Porque la prevención no empieza cuando una persona intenta quitarse la vida. Empieza mucho antes: cuando una comunidad logra reconocer el sufrimiento, generar espacios de escucha y construir proyectos de vida posibles.
No existen respuestas simples para un fenómeno tan complejo. Sería irresponsable afirmarlo. Pero sí sabemos que cuanto mayor sea la calidad de la información, la articulación institucional y el compromiso comunitario, mayores serán también nuestras posibilidades de prevenir.
No alcanza con contar los casos; es necesario comprenderlos. Tal vez haya llegado el momento de dejar de indagar –únicamente- por qué alguien decide morir y comenzar a preguntarnos qué estamos haciendo, como sociedad, para que más personas encuentren razones para seguir viviendo.
Porque la salud mental no se construye solamente dentro de un consultorio. Se construye también en cada familia que acompaña, en cada escuela que escucha, en cada comunidad que incluye, en cada política pública que protege y en cada ambiente que ofrece oportunidades para vivir con dignidad. Allí comienza la verdadera prevención. Porque, cuando una sociedad decide cuidar la vida entre todos, también comienza a sembrar esperanza.
Rocío Dip Maderuelo, Biotecnóloga y Magister en Gestión Ambiental.
Docente de la Cátedra de Metodología de la Investigación de la UNT.
Dirige el PIUNT 1704, que evalúa aspectos biosociales de comunidades.

