Por Nicolás Gómez Anfuso. Para La Proclama’.

El gobierno de Javier Milei no admite análisis tibios. No es un experimento gradualista ni una gestión de consensos: es una ruptura deliberada con el orden político, económico y cultural que rigió a la Argentina durante décadas. A dos año de iniciado su mandato, el balance es áspero, pero claro.
En el plano económico, Milei cumplió lo que prometió. Eliminó el déficit fiscal primario en tiempo récord, cortó la emisión monetaria y desmontó buena parte del andamiaje del Estado parasitario. El ajuste fue real, profundo y sin anestesia. El gasto público cayó como no caía desde hace décadas, las transferencias discrecionales se redujeron drásticamente y el Tesoro dejó de ser una máquina de licuar moneda. Esto no es relato: son datos.
El costo fue inmediato. Recesión, caída del consumo, destrucción de empleo en sectores dependientes del gasto estatal y un deterioro social evidente en los primeros meses. Pero también una verdad incómoda: gran parte de esa “actividad” previa era artificial, sostenida por inflación, subsidios cruzados y deuda encubierta. Milei no creó la crisis social; la expuso. En materia inflacionaria, el cambio de régimen es innegable. La inflación dejó de ser un fenómeno descontrolado y comenzó a desacelerarse de manera sostenida. No por controles de precios ni pactos ficticios, sino por disciplina fiscal y monetaria. El salario todavía no se recupera plenamente, pero por primera vez en años dejó de correr detrás de una impresora encendida.
En el frente político, el presidente eligió el conflicto antes que la rosca. Despreció la liturgia del sistema, enfrentó a gobernadores, sindicatos, empresarios prebendarios y a la totalidad del establishment político tradicional. Pagó costos institucionales y comunicacionales, pero consolidó algo inédito: un liderazgo que no negocia principios a cambio de gobernabilidad ficticia. El Congreso sigue siendo un campo minado, pero ya no es el centro del poder real.
La política exterior abandonó la ambigüedad. Alineamiento explícito con Occidente, ruptura simbólica con el eje bolivariano y distancia del discurso tercermundista. Puede gustar o no, pero es una definición estratégica clara, no un péndulo oportunista.
El punto más débil sigue siendo el tejido social. Milei gobierna con números, no con empatía. Su narrativa desprecia la contención y confía exclusivamente en el mercado como ordenador final. Esa apuesta puede ser consistente desde lo teórico, pero es políticamente riesgosa en un país empobrecido, fatigado y con memoria corta. El orden macro no garantiza, por sí solo, estabilidad social.
El balance, entonces, es brutalmente honesto: Milei no vino a administrar la decadencia, vino a dinamitarla. Lo está haciendo. Falta saber si, sobre esos escombros, logrará construir algo durable o si la sociedad argentina —históricamente refractaria al esfuerzo prolongado— le soltará la mano antes de ver los resultados completos.
No es un gobierno cómodo. No es un gobierno amable. Pero es, sin dudas, el primero en muchos años que se animó a decir la verdad sin pedir permiso. Y eso, en la Argentina, ya es una anomalía política.
Nicolás Gómez Anfuso
Corredor Inmobiliario y Martillero Público. Formación profesional en Real Estate.
Experiencia práctica en mercados, análisis político-económico y estudios estratégicos.




