Por Leandro Della Vedova. Para La Proclama

La escalada entre Estados Unidos y Venezuela entró en una fase claramente más peligrosa. El endurecimiento del bloqueo petrolero impulsado por Donald Trump, las incautaciones de buques y el despliegue militar en la región ya no son solo señales diplomáticas: son hechos concretos que alteran la economía venezolana y elevan el riesgo de un conflicto mayor.
Para entender el escenario hay que empezar por lo esencial: Venezuela está gobernada por una dictadura. El régimen de Nicolás Maduro desmanteló la institucionalidad democrática, persiguió a la oposición, manipuló elecciones y provocó una de las crisis humanitarias más grandes del continente. Nada de lo que hoy ocurre puede explicarse sin ese antecedente. El colapso venezolano no nació por sanciones; nació por el chavismo.
En ese marco, Donald Trump volvió a apostar por la estrategia de máxima presión. El bloqueo de facto a los buques petroleros, que ya está provocando desvíos de rutas, caída de exportaciones y asfixia financiera, busca golpear directamente el corazón del régimen. Trump cree que el cerco económico y la disuasión militar pueden forzar una negociación o acelerar el final del madurismo.
Pero la presión, por sí sola, no garantiza resultados políticos. De hecho, el propio Congreso estadounidense debatió en estos días los límites del poder presidencial para avanzar unilateralmente, una señal de que incluso dentro de Estados Unidos hay preocupación por el rumbo de la escalada. La ONU, por su parte, ya pidió moderación ante el riesgo de desestabilización regional. Maduro, mientras tanto, hace lo que mejor sabe hacer: convertir la catástrofe que él mismo generó en propaganda política. Se presenta como víctima de un bloqueo imperial mientras gobierna mediante el miedo, la censura y la represión. Cada movimiento de Washington le sirve para justificar el cierre interno, silenciar disidencias y posponer cualquier salida democrática real.
Trump no es el origen de la tragedia venezolana, pero hoy es un actor decisivo en su desarrollo. Su estilo confrontativo transmite firmeza y liderazgo, aunque también corre el riesgo de transformar una presión legítima en un conflicto prolongado sin horizonte claro.
Lo que no admite discusión es esto: no hay simetría moral posible. Maduro no resiste por el pueblo venezolano, resiste contra él. Cada día que permanece en el poder profundiza la miseria, expulsa más ciudadanos y degrada aún más al Estado. La presión internacional puede ser necesaria, pero el verdadero obstáculo para la paz, la democracia y la reconstrucción de Venezuela sigue teniendo nombre y apellido: Nicolás Maduro.
Mg. Leandro Della Vedova CEO DV Management, especialista en Marketing Político.



